Después de más de dos décadas vinculada al servicio público, La Polito, como la conocen todos en el nivel central de la DOP, se prepara para cerrar una etapa que comenzó en 2003, cuando llegó por primera vez a las oficinas del Ministerio de Obras Públicas. El lunes 10 de agosto marcó por última vez en el reloj biométrico del MOP, un momento que reconoce que vivió con sentimientos encontrados: con la alegría de iniciar una nueva etapa y la emoción y pena de dejar atrás un lugar que, durante años, sintió como una segunda casa.
Su historia en el MOP comenzó cuando trabajaba en unas oficinas ubicadas en el piso 23 de un edificio de Alameda. Llegó inicialmente a honorarios, realizando labores vinculadas a la recepción y entrega de documentación. Con el tiempo quedó a contrata y comenzó a construir vínculos que terminarían siendo fundamentales en su trayectoria.
Entre sus primeros recuerdos aparecen Mafalda Celsi y Marta Romero, quienes fueron algunas de sus primeras amistades en el servicio. Fue precisamente una de ellas quien le habló de la posibilidad de incorporarse al MOP. Después vendrían los cambios de oficinas, nuevas personas, distintas jefaturas y transformaciones institucionales, pero una constante se mantuvo durante todos estos años: su disposición permanente a ayudar.
“Desde que estoy aquí ha habido muchos cambios, pero siempre he estado disponible y atenta a responder a las nuevas directrices”, comenta.
Su paso por el servicio también fue una escuela. Ella misma reconoce que llegó siendo una persona tímida y que fue en el trabajo cotidiano donde aprendió a relacionarse, conversar, escuchar y desenvolverse frente a los demás. “Aprendí a conversar con las personas, a escuchar, a hablar de distintos temas y a desenvolverme mejor. Aprendí mucho de las personas y del servicio público”, cuenta.
Pero si hay algo que define su experiencia, son las relaciones que construyó. En su despedida, una de las cosas que más la emocionó fue descubrir cuánto cariño había generado entre sus compañeros. “Me sentí querida. Ver todas esas cosas que me pasaron, ese cariño, esas personas tan cariñosas… es algo impagable”, dice, todavía emocionada al recordar la sorpresa que le prepararon.
Y es que, para quienes la conocen, su forma de relacionarse con los demás es parte esencial de su personalidad. Le gusta escuchar, orientar y acompañar a quienes atraviesan momentos difíciles. Más de alguna vez, cuenta, alguien se le acercó simplemente para pedirle un abrazo. “Me han dicho que cada vez que paso por el pasillo doy luz y alivio. Las personas se acercan y me cuentan cosas terribles. Yo escucho, aconsejo. Creo que conversando se puede incluso salvar una vida”, señala.
Esa vocación de acompañar a otros es también parte de lo que espera hacer durante su jubilación. Junto a Carmen, una de sus amigas, imagina nuevas actividades vinculadas a ayudar a otras personas: visitar hospitales, acompañar a niños y adultos mayores. “Soy muy emocional, soy de piel. No pienso que las personas sean malas. Me gusta ayudar”, resume.
Sus recuerdos
Durante sus años en la DOP también acumuló historias que hoy forman parte de la memoria compartida del servicio. Una de sus historias favoritas ocurrió cuando, junto a Carmen, recibió una invitación inesperada para asistir al Festival de Viña del Mar. Les avisaron prácticamente de improviso, les pidieron que fueran a sus casas a buscar ropa y les consiguieron los pasajes. Esa misma noche terminaron a pocas filas del escenario, disfrutando del espectáculo, para regresar de madrugada y presentarse a trabajar como si nada hubiera ocurrido.
También recuerda con especial cariño un viaje a Chiloé que surgió de otra invitación inesperada. Mientras miraba unas imágenes de la isla cerca de los ascensores en el MOP, comentó cuánto le gustaría conocer ese lugar. Una compañera la escuchó y poco después apareció la posibilidad de viajar. “De punta y taco” terminó recorriendo la zona, conociendo nuevos lugares y compartiendo con personas del servicio.
Fuera del trabajo, una de sus grandes pasiones es bailar. Sus compañeros la conocen por su energía y no son pocos los que la han bautizado como “la bailarina del servicio”. Le gustan las canciones con letras que transmitan emociones, aunque tampoco le hace el quite al reguetón. Incluso recuerda haber sacado a bailar a un compañero japonés que pasó por el MOP, Takino, aunque, según reconoce entre risas, “era muy tieso, no tenía swing”.
En familia
Ahora viene una nueva etapa. Tiene tres hijas, Giovanna, Natalie y Alejandra, además de sus nietos, a quienes espera poder ver con mayor frecuencia. También quiere viajar. Francia aparece como uno de sus grandes proyectos, especialmente porque allí busca conocer parte de las raíces familiares de sus antepasados. “Me gustaría conocer la cultura, aprender y tener más conversación para poder establecer un diálogo. Me gusta aprender”, explica.
Su compañero de vida también está jubilado, por lo que ambos se preparan para descubrir cómo será esta nueva rutina. Sabe que al comienzo probablemente habrá un período de adaptación y que no será fácil dejar atrás una rutina de tantos años. “Creo que estaré un tiempo detenida, tratando de ver qué razón va a tener mi vida. Ya no te levantas en la mañana y tienes que venir a trabajar. Pero después entiendes que la vida cambia de etapa y que puedes levantarte a la hora que quieras, hacer otras cosas y disfrutar”, reflexiona.
Por eso, aunque la despedida le provoca emoción, también entiende que no se trata de un final. “La vida no se termina; se empieza de otra manera. Es una etapa más libre, de vivir el día a día”, dice.
Antes de cerrar esta historia, deja también un mensaje para quienes continúan en la DOP. Su consejo apunta especialmente a las jefaturas y a la importancia de mirar más allá del trabajo. “Les diría que siempre estén pendientes de las personas, especialmente cuando están pasando por situaciones complicadas. Que pregunten cómo están, qué les falta, que sepan que cuentan con ustedes. A veces una persona llega al trabajo cargando problemas que nadie conoce. Hay que escuchar”, plantea.
Después de más de 20 años, la Polito se va dejando mucho más que años de servicio. Deja amistades, historias, abrazos, bailes, viajes improvisados y, sobre todo, la certeza de haber construido vínculos que permanecen. Y concluye: “Me voy con sentimientos encontrados. He pasado más tiempo aquí que en mi casa. Siempre tratando de ayudar, nunca con el caracho largo. Incluso con problemas de salud, siempre traté de estar feliz”.



